LA TENTACIÓN

Reflexion por el Padre Maciej Józefczuk, SVD

Trabaja en la Librería Verbo Divino

Costa Rica

 

Sea cual fuere la respuesta que se dé a la pregunta de porqué hay mal en el mundo, en todo caso una cosa es cierta: la decisión de hacer el bien o el mal está nada más, en nuestras manos. Dios creó al hombre libre, y el hombre debe optar con libertad por el bien. Desde luego, esto indica que el hombre puede optar también por lo que no es bueno, por el mal. En esto se ve la dignidad, pero también la miseria del hombre, que constantemente se ve ante la alternativa de elegir entre el bien y el mal. Todos conocemos por experiencia el conflicto que se da en nuestros corazones y, en conexión con este conflicto, la seducción que incita al mal. A esta situación damos el nombre de tentación.

 

La tentación se funda en la naturaleza humana, en la libertad de la persona. Sin tentación no hay verdadero ser de hombre. Esto puede servirnos ya de consuelo: se trata de algo fundamentalmente humano. Por esta razón no hace falta sentirnos ya tan desconcertados ante el fenómeno de la tentación. En efecto, esto pertenece a la esencia misma del ser humano; en la tentación nos vemos interpelados en nuestra libertad. Ser hombre supone ser tentado, y ser tentado supone que uno es hombre.

 

Por esta razón también Jesús hubo de ser tentado. Para nosotros es un consuelo en la tentación saber que también nuestro Señor fue tentado. Porque él era verdadero hombre, y ser tentado forma parte del ser de hombre. «Se despojó de sí mismo, tomando condición de esclavo, haciéndose semejante a los hombres»: solo para recordar el himno de la carta a los Filipenses (2,7), que es su grandiosa confesión de la verdadera y plena humanidad de Jesús.

 

La Sagrada Escritura refiere más de una vez que Jesús fue tentado. Según los tres evangelios sinópticos, le asaltó la tentación en dos momentos decisivos en su vida: al comienzo de su vida pública y poco antes de su pasión. La primera prueba dolorosa es la triple tentación de Jesús descrita narrada por Mateo y Lucas, aunque san Marcos solo nos dice que Jesús fue tentado sin entrar en los detalles del contenido de las mismas.

 

En la historia de la pasión se nos informa también de una segunda y tremenda tentación, que sobrevino a Jesús poco antes de su pasión, en el huerto de Getsemaní. Con tristeza y desaliento mortal dirige su oración al Padre. Luego despierta a los discípulos y les dice que hagan lo mismo: «Velen y oren, para que no entren en tentación» (Mt 26, 36-41). Si alguien sabe lo que es tentación, es Jesús. Por eso invita también a los discípulos a orar para que el Padre los guarde de la tentación. Aquí recordemos también la petición «No nos lleves a la tentación» del Padrenuestro.

 

Ahora bien, nos preguntamos si con estas ¿ya acaban las tentaciones de Jesús? Más bien parece que la tentación acompañó a Jesús toda su vida. La carta a los Hebreos habla muy en general de las tentaciones de Jesús: «Porque no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compartir el peso de nuestras debilidades, sino al contrario: tentado en todo, como semejante nuestro que es, pero sin pecado» (4,15) En todo fue tentado, en todos los terrenos y en todas formas: en el hambre y en la sed, en el frío y en la fatiga, en éxitos clamorosos y en fracasos desalentadores, en la necesidad de amor, en la soledad y en la incomprensión de sus más cercanos, en la importunidad de las gentes y en la hostilidad de los jefes de la religión… Más bien, podríamos decir que toda su vida aparece como una única tentación continuada: «Ustedes han permanecido constantemente conmigo en mis pruebas; por eso yo les confiero la realeza, como mi Padre me la confirió a mí» (Lc 22, 28s).

 

Como Jesús mismo fue tentado, dice la carta a los Hebreos, así puede «sentir com-pasión» con nuestras tentaciones. En el texto original griego del Nuevo Testamento se usa aquí el verbo sympathein, del que viene nuestra palabra «simpatía», aunque nosotros usamos la palabra “simpatía” en un sentido bastante distinto. En realidad, sympathein significa «padecer-con» (otro). Por consiguiente, sólo se puede hablar en verdad de simpatía cuando hacemos nuestro el dolor del prójimo. Para nosotros es sumamente consolador saber que Jesús mismo pasó ya por todas nuestras tentaciones. Sabe lo que es tentación. Pero también sabe lo que es verse uno abandonado en la tentación. Todavía hace unos momentos acaba de decir con gratitud a sus discípulos: «Ustedes han permanecido constantemente conmigo en mis pruebas» (Lc 22, 28), y poco después ellos se duermen mientras él lucha solitario contra la tremenda tentación. Por eso él no puede dejarnos solos en la tentación.

 

¿Pero tiene todavía hoy Jesús necesidad de nuestra asistencia en la tentación? Si acepta como prestado a él mismo el más mínimo servicio de amor que prestamos a nuestro prójimo (cf. Mt 25, 40), sin duda debe decirse lo mismo de la asistencia y del sympathein, de la compasión en la tentación. Asistir a un hermano o a una hermana en la tentación es lo mismo que asistir al Señor, y esto se llama fidelidad de discípulo. Tal fidelidad viene recompensada por el Señor con la promesa ya citada: «Ustedes han permanecido constantemente conmigo en mis pruebas; por eso yo les confiero la realeza, como mi Padre me la confirió a mí».

 

Asistir al prójimo en la tentación es amor. Pero todavía es mayor amor no convertirse uno en tentación para él. El que hace una injusticia a un semejante se vuelve tentación para él, pues se siente tentado a pagar injusticia con injusticia y a dar rienda suelta al odio, a la aversión, a la dureza de corazón y a la rabia. Por eso nos advierte tan gravemente Jesús que no demos ocasión de pecado a los «pequeñuelos». «¡Ay de aquel hombre por quien viene el escándalo!» (Mt 18,7). No estamos llamados a causar pena al prójimo, sino a ayudarle. En la carta a los Romanos escribe san Pablo estas bellas palabras: «Cada uno de nosotros procure complacer al prójimo para el bien, para la edificación» (15, 2).